Padre
23 de marzo de 2009 · 5 min de lectura
Cuando te nombro, toda duda se desvanece y vuelvo a sonreír. ¡Qué cerca estás y qué lejos te siento cuando te ofendo!
Me has enseñado que en la vida estamos para ser felices y que los sueños pueden hacerse realidad. Te pido que bajes tus ojos hacia mí y me tiendas tu mano. Quiero caminar el tiempo que dure mi andar por estas tierras, siempre muy cerca de tu lado.
No permitas que me separe de ti. Dile al Padre que está en los cielos que esta oveja perdida vuelve al redil. Describiré por ti y para ti, y volveré a ser feliz. Iniciaré este caminar junto a ti.
Hoy quiero compartir una carta que mi padre envió a un periódico hace ya muchos años. Sus palabras, escritas desde la experiencia y desde el corazón, adquieren un significado especial cada vez que las vuelvo a leer.
A mis queridos hijos, nietos y bisnietos
Los que hemos sufrido una guerra decimos que es lo peor que puede pasar. Los bombardeos, perderlo todo —aunque las cosas materiales no deberían importarnos tanto— y, sobre todo, quedar sin hogar. Luego vienen el hambre y los miles de muertos.
Conocí a una mujer a quien le mataron a sus diez hijos y a su marido.
Mi padre fue obligado a luchar en la guerra y lo tuvimos lejos de nosotros, durante mucho tiempo sin saber nada de él. Ver el sufrimiento de mi madre fue terrible.
Ahora, con lo que está pasando en el mundo, he recordado, como si hubiera sido ayer, aquella época tan terrible que marcó mi vida. Hasta hoy no soporto escuchar llorar a los niños, porque ese sonido me lleva nuevamente a aquellos interminables días de llanto.
Ruego a Dios, querida familia, que nunca tengan que pasar por lo que yo pasé. Les pido que oren por todos los que sufren en estos momentos.
Digamos un ¡NO! rotundo a las guerras, a las peleas entre matrimonios, entre hermanos y entre todos los seres humanos.
Con estas palabras quiero aportar un pequeño grano de arena. Recuerden que, estemos donde estemos, y aunque no pueda abrazarlos por la distancia que nos separa, los llevo a todos y a cada uno en mi corazón.
Sé que Dios existe y que nos ama.
Les envío muchas bendiciones a todos ustedes y también a todos los amigos de esta página.
Y a ti, querida hija Isabelita, ya sabes que tu papá te adora.
Chileno y español
Mis padres, que eran chilenos, me llevaron a España en el año 1932. Después se arrepintieron, porque a mediados de 1936 estalló la Guerra Civil Española, que duró tres años.
Mi familia quedó en la ruina total. Perdieron todos sus bienes materiales y, llenos de amargura, decían:
«¿Por qué nos fuimos de Chile?»
De todos modos, tuvimos suerte y no perdimos la vida, algo que sí les ocurrió a muchas otras familias.
En aquella maldita guerra murieron más de un millón de personas. Sin embargo, en medio de tanta tragedia ocurrió algo que jamás olvidaré: la aparición del Niño Jesús.
Les voy a contar cómo sucedió.
Yo tenía once años y, al inicio de la guerra, vivía en el pueblo de Tortosa, en la provincia de Cataluña.
Un día pasé caminando frente a una iglesia. Varios hombres estaban sacando imágenes de santos y arrojándolas a la calle. Uno de esos hombres puso una piedra en mi mano y me dijo:
—Quiero ver qué puntería tienes.
Entonces me mostró la imagen del Niño Jesús.
Aquello me produjo una gran angustia, pero lancé la piedra con la intención de no darle. Sin embargo, tuve tan mala suerte que la piedra golpeó la imagen y la rompió en mil pedazos.
El hombre se rio y me dijo:
—¡Tienes buena puntería!
Me fui de aquel lugar profundamente amargado.
Pasaron varios meses y, una noche, atravesaba un amplio patio para dirigirme a una habitación interior donde iba a dormir. Llevaba una vela encendida, porque, debido a los bombardeos, no había electricidad.
En ese momento tuve una gran sorpresa.
Se me apareció el Niño Jesús.
Era de mi tamaño y avanzaba hacia mí con los brazos abiertos, como si quisiera abrazarme.
Sentí un escalofrío y, al mismo tiempo, una enorme alegría. Jamás lo olvidaré. Fue algo maravilloso, una visión extraordinaria que dejó en mí un recuerdo imborrable para toda la vida.
Sentí que había sido perdonado.
Aquella experiencia me ha hecho reflexionar profundamente y, de alguna manera, me ha ayudado a enfrentar y aceptar los problemas que han ido surgiendo a lo largo de mi vida.
Soy muy feliz de haber sido testigo de aquella aparición de Jesús.
Reflexiones
Dios es supremo. Es lo máximo en todo, mucho más de lo que podemos imaginar o comprender. Lo que sí podemos percibir es el enorme cariño que tiene por todos los seres humanos.
Dios nos envió a su Hijo, Jesús, para salvarnos a todos.
Jesús ya está dentro del alma de cada uno de nosotros, aunque muchos no lo sepan. Está allí para ayudarnos en lo espiritual y para hacernos comprender cómo debemos comportarnos y actuar en nuestra vida, con la esperanza de que, en nuestra segunda vida, que será eterna, podamos ser recibidos en el Paraíso celestial.
Ese es el lugar de la auténtica felicidad, donde nos esperan Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo; los ángeles y, además, todos nuestros familiares fallecidos. Allí nos espera una inmensa alegría, una felicidad tan completa que no somos capaces de imaginarla.
Debemos tener siempre presente lo que Jesús hizo por nosotros. Él es omnipotente, pero aceptó ser sacrificado y crucificado para darnos un ejemplo que debemos seguir.
Tenemos que reflexionar profundamente para no caer en las malas tentaciones. Debemos ser buenos de corazón y no actuar con hipocresía ni encerrarnos en mentalidades equivocadas.
Según mis observaciones, uno de los problemas más graves y difíciles de controlar se encuentra en las relaciones entre las personas. Muchas veces, especialmente dentro de los matrimonios, tanto el hombre como la mujer creen tener la razón. Los comentarios y las discusiones pueden provocar malas reacciones y traer consecuencias dolorosas: la pérdida del amor, el resentimiento, el odio y, finalmente, la separación de las parejas.
Así se destruyen los hogares y las familias.
Esto es muy triste y constituye, además, un mal ejemplo. Lo mejor que podemos hacer es evitar las discusiones. No conviene pelear; debemos buscar la paz y la tranquilidad.
Yo consigo hacerlo pensando en Jesús. Él, siendo todopoderoso, aceptó el maltrato y la crucifixión para darnos un ejemplo de comportamiento y enseñarnos cómo debemos reaccionar ante las dificultades de esta vida.
Esto nos demuestra que Jesús nos ofrece una fuente maravillosa de sabiduría y una gran fuerza interior para soportar todos los problemas que se nos presenten durante nuestra vida terrenal.
Ese es el verdadero camino que todos debemos seguir:
Amar a Jesús y amarnos los unos a los otros como Él nos ama.

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